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El amor, el amar.

    El amor. Es una cuestión inmemorial que el ser humano hasta la actualidad no ha podido "conquistar". Es decir, en trascendencia con todos los tiempos y épocas, el amor se ha convertido en una problemática fundamental. Que no se haya podido comprender y sigan las dificultades al respecto, sea por ese afán de conquista que subyace a la obtención irracional de poderío ilimitado y a su consecuente aniquilamiento recíproco (en contraposición a lo que sería el amor), quizás sea el porqué la humanidad siga sin poder saborear aún verdaderamente ese manjar de los dioses. Más por ello, se requiere fe. Como afirma Erich Fromm "la práctica del arte de amar requiere la práctica de la fe".
    Más allá de las teorías, los métodos, la técnica y el saber epistemológico (y otros saberes) que el psicólogo pueda poner a disposición del servicio terapéutico que brinda, es de importancia principal el hecho de considerar la disposición (energética) que en potencia se encuentra en la persona que realiza la consulta. 
  Ante "el interrogante de si en el comienzo del tratamiento los pacientes son capaces de una auténtica transferencia positiva". Por "auténtica" se entiende una relación genuina y no ambivalente, "que pueda suministrar la base para una ligazón lo suficientemente fuerte con el analista como para capear las tormentas del análisis", es decir, si el paciente es capaz de contar con su propia energía vital positiva como para hacer funcionar adecuadamente el proceso que inicia. Wilhelm Reich respondía a este interrogante, negativamente: "No existe en las fases primeras del análisis autentica transferencia positiva. Más aún, no puede haberla", dicho en términos generales, debido a las mismas problemáticas que el paciente acusa en su sufrimiento. Es importante seguir el hilo del interrogante, que plantea la posibilidad (o no) del paciente, de hacer surgir (emerger) su energía vital (libido, la transferencia), en el inicio de un tratamiento para su propio bienestar. Como se adelantó, hay en principio una imposibilidad, prerrequisito del sufrimiento y malestar, entonces por qué sería la excepción la sesión terapéutica (puede sostenerse como interrogante). En cierto modo, de hecho esa posibilidad existente, es cualitativa y cuantitativamente mensurable y relativa a cada individuo.
    En el fondo -como todas las personas- teniendo en cuenta la problemática específica que presente cada uno como puntapié, el sufrimiento en primera y última instancia tiene que ver con el amor (con el amar). Y esas mismas dificultades y potencialidades con respecto a ese acto, son las que se ponen en juego a fin de cuentas en sus propias sesiones, en su propio espacio terapéutico.
    Erich Fromm vuelve a plantear algo de lo más destacable: "Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar"; para la necedad y la ceguera, el alcance de esta frase, será tan solo una frase más, o algo sobreentendido. Y se obviará que aquí es donde se encuentra el nudo gordiano, el quid de la cuestión. Continúa diciendo, la gente cree que amar es sencillo y lo difícil es encontrar la persona apropiada. El problema del amor no está en un objeto sino más bien en la facultad. Es decir no en la cosa, sino en la capacidad de amar, en el hecho puesto en ejercicio constante, en el acto de amar y no en el blanco al cual apunto, salvo que el objetivo sea el amor en sí (el amar).
    El amor, entonces, sería una facultad de hacer funcionar la cosa. Solo aquellas personas que realmente tengan en su carácter y estructura psíquica, la posibilidad potencial de transferir en el espacio terapéutico su propia energía vital, y así desprenderla de su propio narcisismo (yo) sin derrumbarse, serán aquellas que puedan hacer funcionar su propio espacio de cura.
    Jung afirma: "La resistencia al amor engendra la incapacidad de amar, o esa incapacidad actúa como obstáculo. Al igual que la libido se asemeja a una corriente constante que hace desembocar su agua en el mundo de la realidad, la resistencia se asemeja a una contracorriente que en vez de fluir hacia la desembocadura fluye hacia la fuente". La libido sería esa energía biopsicológica vital que puede desembocar no solo en el proceso terapéutico, sino en todo lo que conlleva dar de sí mismo en la realidad, es decir, en el trabajo, en el estudio, el deporte, el arte, y también en lo afectivo, sentimental, y en el propio acto sexual, etc. Entonces, todo lo que se oponga a ello (interna o externamente), se presenta como un obstáculo que trae aparejado sufrimiento, angustia, odio, enfermedad. Esa energía libidinal, si causa problemas es porque queda lo suficientemente enclaustrada en el cuerpo y en la psiquis. "Fluye hacia la fuente", quiere decir en parte que, vuelve de dónde proviene o de dónde nunca a podido partir esa energía, lisa y llanamente de la persona, no puede esa energía liberarse y ponerse al servicio de producir en la realidad, se confina en el cuerpo, transformada en angustia, en odio, en fantasías, mora en los oscuros contenidos inconscientes, prima la neurosis, el sufrimiento. Si profundizamos por esta vía de reflexión, hablar de fuente es hablar también de origen. No sería sencillamente hablar de la propia persona (en tanto carácter, mentalidad, personalidad o cuerpo), sino que la fuente y el origen es una alusión al desarrollo ontogénico de esa persona, al propio desarrollo de su ser, y esto pone de relieve al ser como engendrado, por alguien. Es necesario recordar que, estamos hablando del amor, del amar.
    En resumen, la capacidad del paciente para sobrellevar adecuadamente el proceso que inicia, es fundamental, ese acto potencial de amar, de transferir, esa economía libidinal, plasticidad de su capacidad estructural de investir objetos, cosas, actividades, personas, es de importancia necesaria. Como instancia a priori, para que la persona pueda ser consecuente con su propio espacio terapéutico, hacerlo funcionar (y hacer funcionar al fin y al cabo su propia vida). Lo que significa, a su vez, disolver los conflictos inconscientes (lo no sabido) que encapsulan y fijan esa energía que no está ligada a instancias de vida saludable sino a huellas regresivas del desarrollo. Los conflictos internos como los externos, procuran obstáculos que imposibilitan el acto de amar (como facultad vital caracterológica y del cuerpo) conforme a la realidad. Lo que conlleva como se ha dicho, sufrimiento, angustia, odio, los propios síntomas y malestares de las diversas enfermedades psicobiológicas. 
    El amor y la verdad curan.



"El que ama, se hace humilde. Aquellos que aman, por decirlo de alguna manera, renuncian a una parte de su narcisismo". Sigmund Freud.




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Psicólogo Psicoanalista Juan Franco Bottazzi (Nº Mat. 7895) 0341-153116111 - Lunes a Viernes  de 8 - 20hs ROSARIO, SANTA FE. ARGENTINA.